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RELATOS DE TERROR

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RELATO Nº 1
(Sin Titulo)
Aquellos que vieron esa tarde como se oscureció el cielo sobre el campo santo, creyeron lo que allí sucedió.La joven nunca quiso pisar un campo santo, las circunstancias hicieron que días antes de los difuntos entrase en uno.
De entre todas las tumbas una semiderruida llamo su atención, estaba prácticamente destruida aun así podía leerse algo de lo allí escrito. Sintió lastima al ver que era la tumba de una niña y se prometió a si misma volver y dejarle unas flores.
El día de los difuntos llego y la joven volvió al campo santo a cumplir su promesa. Con un hermoso jarrón lleno de margaritas se presento ante la tumba de la niña, quito la hojarasca que la cubría y puso el jarrón en un extremo del derruido nicho.
No quiso irse sin rezarle una oración, por eso comenzó a rezar un padrenuestro, fue entonces cuando comenzó a ocurrir algo extraordinariamente espantoso. Ya no era el Padrenuestro lo que rezaba si no una extraña y frenética plegaria que poco a poco fue alzándose al cielo hasta convertirse en un ruido tan ensordecedor que los pájaros que por allí revoloteaban enloquecieron chocándose unos con otros hasta caer y formar un manto en el suelo. El cielo se cubrió de nubes negras, el viento azotaba todo lo que encontraba a su paso con una fuerza incontrolable.
La joven, clavados sus pies en el suelo gritaba oración tras oración con ojos desencajados, el viento la zarandeaba como si de un junco en la rivera se tratara. Las flores del jarrón iban desapareciendo, pétalo a pétalo eran comidos por gusanos de mil patas y mas ojos, al compás de gritos desgarradores procedente de las tumbas, las lapidas temblaban empujadas por los espíritus que guardaban, voces que salían del fondo de las profundidades de la tierra clamaban ser liberados. ¡!!Sácame de aquí!!! ¡!!!!que suelten mi carne!!!! Otras voces pedían con suplicas desgarradoras ¡!!!Mi hija nooooo, ella noo, dejarla!!!! De pronto entre todas una voz anuncia una llegada, ¡!!Esta noche el diablo vendrá a tomar esposa!!! Risotadas que estremecían sonaron como respuesta.
La joven ya no era dueña de si misma sus ojos manaban hilos de sangre que haciendo surcos formaban pequeños charcos a su alrededor .sus manos alzadas al cielo, gritaba mas y mas. De pronto un grito ensordecedor sonó tan fuerte que el viento amaino, la joven enmudeció, los lamentos se extinguían, sus ojos se secaron. Se hizo el silencio más absoluto.
Un trueno acompañado de relámpagos alumbro un cielo extrañamente negro, tanto como las profundidades de la tierra.
En ese preciso instante se abrió la tumba de la niña, un olor nauseabundo se apodero del ambiente y quedo impregnado en el aire, miles de mariposas negras se unieron hasta formar un siniestro arco, volvieron los gritos y los lamentos mientras de la tumba salía una niña vestida con harapos, en su frente una mariposa negra brillaba, donde antes tenia sus manos ahora tenia dos extraños pájaros que emitían graznidos, graznidos que destrozaban sus oídos mientras ella se los tapaba.
La niña andaba muy lentamente, nos miraba y dibujaba una sonrisa donde en algún momento tuvo la boca. Fue en ese momento que comenzó a rezar de nuevo ahora eran plegarias de suplicas, llamaba al diablo, el cielo a medida que avanzaba su plegaria, se volvía de color rojo, el cielo se lleno de truenos y relámpagos, lenguas de fuego bailaban a su alrededor el viento la zarandeaba la empujaba dándole golpes, se agitaba con movimientos diabólicos. Se hizo el silencio el viento callo miles de mariposas negras quedaron en el aire paralizadas el diablo apareció tenia cuernos de ciervo por boca el pico de un águila y sus ojos eran los de un búho. En un arrebato se lanza contra la niña entre truenos y relámpagos el cielo parece gritar, las mariposas revolotean en una danza diabólica, vuelven los lamentos, las suplicas las tumbas tiemblan miles de gusanos salen de ellas y forman un manto en el cuerpo del diablo, la niña parece no temer nada extiende sus brazos y al diablo abraza. Los huesos del osario van cobrando vida, todos forman el cortejo que acompaña a la niña y el diablo.
La niña avanza sonriendo hacia la joven quiere entregársela al diablo, mientras la joven grita y grita el diablo se enfurece tanto que la lanza contra las tumbas de las cuales han vuelto a salir las manos que la llevan en volandas hasta dejarla caer sobre el diablo. Luego llega el silencio mas absoluto una luz se abre paso en las tinieblas una hermosa y grande mariposa blanca coge a la joven y la sube sobre sus alas.
Todo vuelve a su lugar como si nada hubiera pasado, solo unas alas de mariposa prendida en la ropa de la joven queda como señal de lo que allí ha pasado.
La joven no quiso contar nada temiendo ser tomada por loca, con el tiempo descubrió una leyenda que hablaba de lo que a ella le ocurrió.
   
RELATO Nº2
"Las fotos de la Casa"
Hace dos días me encontré con Marta. Estaba exhausta, con la mirada perdida. Normalmente no es una persona que se abstraiga mucho en pensamientos perdidos, sino que atiende con normalidad a todo tipo de conversación. Mientras hablaba con ella sobre lo que me había pasado durante el día, pues habíamos quedado por la noche para dar un paseo de Las Canteras, tuve que interrumpir el tema y preguntarle qué le pasaba.
Marta me miró como dubitativa. Quizás estaba pensando en contármelo o no, pero no pasó sino unos tres o cuatro segundos, cuando empezó a balbucear algo como “…bueno…, pues…, no sé…”. A mí me pareció que tenía un problema grave o, por lo menos, un asunto que le preocupaba enormemente. Fue entonces cuando me contó su historia, una historia que me estremece y me fascina al pensarla.
Hace un par de meses, tanto ella como sus padres habían resuelto por limpiar toda la casa de aquellos objetos que ya no necesitaban, tanto ropa como objetos que estaban rotos, anticuados o que ya habían perdido su valor sentimental. Como tenían muchos objetos, los solían guardar en cualquier sitio en donde tuviera algún hueco, así que, como medida, tenían que vaciar los roperos y los armarios para separar todo lo que valía de lo que no.
Pues bien, Marta me comentaba que mientras estaba vaciando el armario de sus padres, se encontró con varios álbumes de fotos. Uno era sobre ella misma, desde el mismo momento de su bautizo, con una foto de portada en la que aparecía recién nacida y en brazos de su madre junto con su padre al lado; otro era el álbum de color verde que contenía las fotos de su padre de cuando hizo el servicio militar. Por último, un cuadernillo con el tamaño de mitad de folio, de color marrón y con las páginas muy envejecidas. Al abrirlo, se trataba de fotos tipo “polaroid” pegadas al papel que correspondían a una especie de fiesta; en una de ellas, aparecía sus padres bastante jóvenes, más o menos con la edad de Marta, y con una vestimenta que recordaba a finales de los 70 y principios de los 80.
Marta dio una carcajada y su madre, por curiosidad, la miró para ver por qué se había reído. Le dijo que ese era un álbum de fotos especial, ya que, aunque su padre y su madre sólo salían en una, fue en esa fiesta en donde se conocieron. Marta, al saber el porqué de este álbum, le preguntó un poco más en particular, a lo que la madre le respondió que ella y su padre, habían quedado con sus respectivos amigos en una pequeña mansión en el viejo barrio de Ciudad Jardín, en la ciudad de Las Palmas, en donde los presentaron. A partir de ese momento, la relación fue madurando hasta casarse.
Mientras le explicaba todo esto, ella iba mirando y repasando ese cuadernillo, cuando se percató que en todas las fotos aparecía de fondo una persona, un hombre con un rostro de tez pálida y triste, además de que estaba vestido de color negro. A Marta le dio un pequeño escalofrío y preguntó de nuevo quién era el de la foto. Su madre se inclinó para ver mejor, pero no lo pudo reconocer, por lo que Marta, en consecuencia, dejó el álbum en el dormitorio de nuevo para seguir ayudando a su madre.
A las pocas semanas, Estefanía, una amiga reciente, la había llamado. Estaba estudiando en la Universidad de la Laguna y, tras acabar los exámenes, tenía quince días de vacaciones, así que había pensado volver a Gran Canaria y quedar un día juntas para hablar de sus cosas.
Así pasó que quedaron un día por la tarde. Juntas habían planeado quedar en la casa de Estefanía y luego salir para cenar. Sin embargo, Marta se llevó una sorpresa al ver que la casa en la que vivía su amiga no sólo estaba en Ciudad Jardín sino que reconocía por las paredes y por las habitaciones que aparecían en las fotos, la propia casa en la que se habían conocido sus padres.
“¿Has vivido siempre aquí, Estefanía?”, le preguntó con cierto asombro. Su amiga miró un poco hacia el patio interior y dijo que no, que en realidad la casa la habían comprado su padre hacía unos años por un precio absurdo para estar ubicada en el barrio en el que estaba. A esto, Marta, le preguntó de nuevo la razón por ese precio, a lo cual, Estefanía dijo que no lo sabía muy bien, pero que tenía que ver con algo de fantasmas, aunque ella no había visto ni sentido ninguno todavía.
Marta entonces le contó que había reconocido la casa por el álbum de fotos, por lo que la casa no tenía porque tener mala fama sino que puede tener buena suerte. Su amiga se asombró por saber eso y le pidió a que le enseñase ese álbum, que tenía que ser muy bonito ver eso.
Dicho esto, las dos quedaron al día siguiente y ambas empezaron a ver las fotos. Tanto Marta como Estefanía se reían con la forma de vestir de los padres de Marta y de las demás personas y también se quedaron perplejas con esa persona que miraba tristemente a la cámara de fotos polaroid. Finalmente, cerraron el cuadernillo y lo dejaron en el salón de la casa para salir a dar una vuelta.
Cuando volvieron, Marta fue a recogerlo para irse a su casa. Pero al cogerlo, sintió un escalofrío y miró alrededor. No había sino silencio. Entonces salió al patio en donde estaba su amiga. Estefanía, todavía fascinada por las fotos, le pidió a Marta verlas de nuevo, pero de repente, ambas se llevaron una sorpresa: la persona que aparecía en todas las fotos ya no estaba. A Estefanía le tembló el pulso a notar este detalle y Marta se había quedado petrificada. Pero las dos no dijeron nada. Ni siquiera una a la otra. Y con esto, Marta se llevó el álbum para su casa.
No pasaron ni cinco días cuando, mirando el correo electrónico, Marta recibió un mensaje de Estefanía. Estaba aterrada. Desde el día en que quedaron juntas, la casa había sido invadida por un frío intenso, por no decir que escuchaba ruidos de pasos, como si alguien caminase por la azotea, cuando no había nadie arriba, o que se encontrase de repente con la huella de una mano en los espejos de la mansión. Para colmo, su madre se había puesto muy enferma: parecía que le hubiera dado una especie de neumonía, a pesar de que los médicos no daban con la enfermedad.
A esto, Marta se quedó igual de petrificada que en el mismo momento en que estaba con su amiga en su casa. Se levantó y se puso a andar por su cuarto pero sin pensar. Parecía que estaba intentando asimilar lo que había leído. Fue entonces cuando su madre la llamó para cenar. En la cena, Marta le preguntó a su madre si conocía por casualidad cosas de la mansión.
“¿Qué mansión dices, mi hija?”, preguntó su madre. “Sí, aquella en la que se conocieron ustedes dos y que aparece en aquel álbum de fotos.”, respondió Marta. Su madre recapacitó y recordó la casa, con esto guardó un poco de silencio, pareciendo que estaba recopilando datos. Se sentó y con esto dijo, “Pues no sé mucho, sólo que habíamos quedado por que había una fiesta allí. Eso sí, tu tía me comentó que años más tarde, hubo un intento de robo y que terminó muy mal, ¿Por qué lo dices?”.
A esto, Marta le comentó por encima lo que había pasado con el álbum y luego el mensaje electrónico de Estefanía. “¿Crees que pueden ser… fantasmas?”, preguntó de sopetón. Su madre la miró con escepticismo y le dijo que eso no eran fantasmas ni mucho menos, sino que ese barrio era un lugar con viento y mucho frío, así que era normal ver cosas que aparentemente eran extrañas. Y que no era de extrañar que a la madre de Estefanía le hubiera dado una neumonía. Con esto, no quiso seguir con la conversación y la instó a que se comiera la cena.
Al terminar, Marta llamó a su tía. Sin ninguna duda, ella pensaba que le iba a decir lo que necesitaba saber. Además, daba la casualidad de que, entre ellas, se había trabado una buena relación de amistad debido a que su tía le pasaba seis años a ella y ya no se podía hablar de una relación entre familiares.
Al ponerse al teléfono, Marta le preguntó, por casualidad, sobre lo que pasó en esa casa, a lo cual, le respondió que esa casa tenía muy mala reputación, ya que se había producido una muerte por un intento de robo, suceso que leyó en el periódico, sino que además que en la época de los sesenta, los inquilinos de entonces lo habían usado para sesiones de espiritismo para más tarde pasar de dueños en dueños. Entonces, conectando con esto último, Marta le explicó lo que había pasado con el cuadernillo y lo le estaba pasando a su amiga.
Su tía respondió inmediatamente: “no creo que lo de la madre de Estefanía sea por fantasmas, aunque es verdad que una vez leí que las fotos son prisiones para los espíritus y que a medida que un vivo se hace fotos, éstas van atrapando tu alma. Eso sí, eso es lo que dicen, pero eso depende de si te lo crees o no.” “Pues en principio no lo creo, pero con esto de la madre de Estefanía no sé que hacer”, replicó Marta, “es más, creo que voy a llevar de nuevo el álbum de fotos a la casa a ver qué ocurre”. “Bueno”, replicó su tía, “haz lo que quieras, eso sí, ten cuidado con lo que haces con eso, que ya sabes que hay mucha gente que cree que la guija es un juego y luego pasan cosas desagradables”. Con estas cosas, la conversación telefónica cortó.
Al día siguiente, se plantó Marta con el cuadernillo en la casa de Estefanía. Su madre, ingresada en el hospital, había empeorado, y ya se encontraba bajo asistencia con botellas de oxígeno. Estefanía, llorando, le dijo que no quería verla, que estaba asustada y que seguro que ese álbum de fotos había traído algo malo a la casa. Marta le dijo que lo arreglaría, que seguro que llevándolo al salón de nuevo, se iría ese espíritu o lo que fuese de la mansión. Tras quince minutos de discusión, la voluntad de Estefanía se quebrantó lo suficiente para ceder, así que entraron juntas al salón y, abriendo el cuadernillo de par en par, lo dejaron en el sillón.
No pasaba nada. Seguía el mismo frío, y había mucho silencio. Y seguía sin pasar nada. Las dos estaban como desesperadas, por que eso no daba resultado. “No lo entiendo”, dijo Marta, “mi tía me dijo que las fotos aprisionaban a los espíritus. No sé por qué esto no sale”. Estefanía, al oír eso, corrió a su cuarto, estuvo revolviendo como dos minutos y vino con una cámara. Con una expresión media alocada dijo “¿Y si hacemos fotos a la casa? A lo mejor podemos hacer algo”.
Cuando apretó el botón y el flash se encendió, de repente, empezó a escucharse pasos. Estefanía empezó a hacer fotos y más fotos, con el flash inclusive, mientras la casa empezaba a mover objetos, dejando caer algunos al suelo.
Marta la seguía, muerta de miedo, a través del pasillo, pasando de cuarto en cuarto mientras su amiga seguía haciendo fotos. La casa parecía endemoniada, como si no soportase la luz del flash. Fue entonces que en la cocina, al apretar por último el botón de la cámara, el frío que había penetrado la mansión, cesó de repente. “Ya no lo siento ¿y tú?”. “Yo tampoco”, replicó Estefanía.
Como la cámara era digital, fueron rápidamente al ordenador a descargar las fotos. Todo era horripilante. Las imágenes estaban deformadas, como si los muebles fueran irreales. Los cuartos estaban pintados de otros colores más oscuros. Aparecían objetos levitando sobre cada cuarto, cuando en realidad no había nada extraño, salvo los ruidos. Había huellas en el propio techo, como si alguien hubiera caminado al revés. Pero fue en una foto cuando las dos dieron un grito estremecedor. En el mismo cuarto en donde los padres de Marta se hicieron la foto, aparecía el rostro de la persona que había desaparecido, con la misma palidez y la misma tristeza.
Entonces Estefanía decidió imprimir las fotos, pensando así que estos espíritus no podían salir del papel, y, tras esto, dobló por la mitad todos los impresos y los metió dentro del cuadernillo. Con esto, miró a Marta y le dijo: “Toma, llévate esto, y no lo quiero volver a ver más por aquí”. A la vuelta de su casa, ya anocheciendo, metió el álbum de nuevo en el armario de sus padres, llena de pánico. Y, lejos de lo que podía pensarse, no han vuelto a ocurrir nada, ni en la casa de Marta, ni en la de Estefanía.
“Al final me envió un mensaje diciendo que su madre se había recuperado”, me dijo Marta al final de su historia, “pero sé que nuestra amistad se ha roto, y ya no me llama ni me escribe. Esta historia de fantasmas incluso está acabando con mi cabeza por que ya no sé lo que es real y lo que es irreal”. Tras esas palabras, la consolé y la animé diciendo que por lo menos habían salido bien de la experiencia, a pesar de que, a mis adentros, la curiosidad me tentó a pedirle que si podía venir a mi casa a enseñarme esas fotos.
Es sí, nunca se sabe: a lo mejor a ese espíritu le termina gustando el lugar en el que vivo.
   
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IMAGENES DE TERROR

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IMAGEN Nº1
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